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Partiendo de un texto que data de 1956, con el título de “Juventud Desamparada”;

para algunas traducciones y “Juventud Descarriada” para otras, bajo la autoría de Aichhorn, A. supongo que entre unas y otras manos para cumplir con la esencia del texto, quizás intentaron acercarse a una definición que cumpliera con ese “algo” que caracteriza a la juventud misma, si bien esta publicación fue escrita bajo otros contextos, de ella se puede rescatar lo siguiente: “Cada niño es, al principio, un ser asocial porque exige una satisfacción instintiva, primitiva y directa, sin preocuparse del mundo que le rodea. Este comportamiento, normal para un niño pequeño, es considerado asocial o disocial en el adulto. El fin de la educación es conducir al niño desde aquel estado asocial a uno social”.

 

Básicamente el referido autor indica que, un sujeto en edad temprana es asocial, y es a partir de la educación en casa y en la escuela que se hace social, su interacción le permite expresarse de distintas maneras no solo a través de las palabras sino que con su comportamiento, modo de vestir, modo de hablar, eso que lo convierte en un sujeto significante y con significados, eso que lo impulsa a involucrarse –sin darse cuenta- en lo que llamamos cultura.

 

Ahora bien, cuando el sujeto se halla en el estado social, este exige demandas, eso que le falta, eso que pide, eso que desea satisfacer… y cuando las mismas no son cubiertas entonces se enciende el motor de la búsqueda. Este proceso ocurre en todas las etapas evolutivas de los seres humanos y en cada una de ellas las demandas se hacen cada vez más complejas; a los fines del presente propósito hablaré de la juventud; esa que a veces se cuestiona, esa que se subleva, esa que grita y canta libertad ¿Libertad? Palabra tan malograda y desasistida, porque no se trata que esté olvidada sino que es olvidable, porque una vez obtenida ya ni sabemos qué carrizo hacer con ella, entonces la arrinconamos y surgen nuevas necesidades, nuevas formas libertarias, que se perfeccionan, que se “metodologizan”, empleando estrategias evolucionadas y hasta transformadoras de sociedades.

 

Entonces ¿La juventud grita y canta libertad? ¿Es esa la causa de su rebeldía? ¿Es esa la piedra que tira? Y al evolucionar, y transformar ¿es suficiente para convertirla en revolucionaria? ¿O “volucionaria”? Y anexo lo volutivo desde lo voluntario porque resulta menester cuestionarse para ver si el fin último de la juventud está claro, al menos para el sector. Otras interrogantes son: ¿en realidad gritan? ¿Por qué no mediar?  Probablemente porque se alzan cuando están cansados de insistir e insistir y no hallar respuesta, su espíritu de vigor y sus pulsiones saltan por el simple hecho de eso, de ser jóvenes.

 

Y aquí no hablamos de inmadurez, porque los sujetos en su etapa correspondiente son maduros de por sí, a no ser que veamos a un adulto haciendo de niño, o un joven de bebé, un adulto mayor de adolescente, eso sí tendría otras explicaciones. Tampoco se trata del grito como instrumento de violencia, es un grito de alzamiento, de reclamo, de impulsar un alarido que involucra a los pares y más cuando las exigencias son colectivas. ¡Sí! Hay una mediación, hay tratos, hay estrechón de manos, ella cumplirá y espera el cumplimiento del acuerdo, de lo contrario volverá a insistir junto el doble de los y las que fueron primeros hasta que sus derechos ¡si, derechos! sean garantizados. 

 

¿Y la piedra? ¿Cuál es su papel? ¿La tirada y que luego no le aparece mano? ¿O la primera que se pone en función de la construcción? Si de algo estamos seguros es que el sector no se esconde, es frontal, sincero y jamás espera como recepción un acto de violencia, un acto de represión. Por lo tanto, estima que el resultado sea poner la primera piedra para dejar cimientos en honor a su lucha, esa lucha que es palabra, esa que a veces se confunde con el verbo apedrear, esa que conjuga y que une fuerzas, porque enlaza y tiende soluciones, la misma que se transforma de pensamientos a ideas y allí a ideales.

 

Ideales estos que levanta líderes desde su seno y que luego se fusionan con otros ya “consolidados” para darle valor, posicionarlos y posicionarse, de lo contrario emigrarán y se congregarán con otros que merodeen su zona de inconformidad o decepción, y así su querella será la de ser reconocidos y ganar espacios dentro de la sociedad, como lo hacen otros grupos o movimientos sociales que aunque miren una carretera redonda de lucha nunca abandonarán su meta, hasta que pasen los 35 años, se conviertan en adultos medios y venga otra generación a reclamar nuevo derechos, “nuevas formas libertarias”, y transiten el camino de la piedra al verbo y del verbo a la lucha.

 

“No es la educación represiva la causa de insatisfacción; al contrario, la insatisfacción es motor de la cultura”. Rossi de Hernández, A. (2009).

 

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Por Rafael Angel Aguirre